Daniel McFarlan Moore caminaba con paso lento pero firme hacia la Ambrose Ward Mansion en East Orange, New Jersey. El de hoy sería un día intenso, quien sabe si agotador para sus 67 años. Bajo la suave luz de aquella esplendorosa mañana de junio de 1936, el ingeniero repasaba mentalmente las palabras que pensaba pronunciar, indiferente a las acacias que bordeaban el paseo y endulzaban el aire con su aroma, dispersado en el aire por una leve brisa.

A las nueve de la mañana en punto llegó a la Ambrose Ward Mansion, un elegante palacete propiedad de un próspero editor, reminiscencia del opulento pasado de la ciudad, y que se había transformado recientemente en hotel. La empresa de Moore había alquilado el salón principal para presentar la última invención de su ingeniero estrella, la lámpara de neón en miniatura. Las inscripciones al evento habían sido un éxito; además de los representantes de la United Edison Manufacturing Company y de la General Electric, también se habían registrado varios directivos de compañías extranjeras de televisión inglesas y alemanas que se habían mostrado escépticos al principio y después entusiasmados. El nuevo invento de Moore se podría aplicar para reducir los caros y voluminosos receptores de ondas televisivas. Había tenido que explicarlo varias veces, sin perder la sonrisa, respondiendo a las innumerables preguntas que le fue desgranando el bullicioso público.


TERCER PREMIO DEL XIV CONCURSO DE RELATOS DE LA ASOCIACIÓN DE INGENIEROS INDUSTRIALES DE MADRID

Un_caso_real

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